Back to basics: De programar a filosofar, el inesperado giro de la inteligencia artificial

Hace apenas una década el consejo era casi un mantra. Si estudiabas literatura, historia, filosofía o cualquier disciplina sospechosa de no producir ingenieros en serie, alguien —normalmente un entusiasta de Silicon Valley— terminaba la conversación con una sentencia: "Aprende a programar."

Era el equivalente moderno al "mijo, estudie una carrera de verdad".

El tiempo, que tiene un sentido del humor bastante refinado, decidió responder con una de esas ironías que solo la historia sabe construir. Hoy, quienes empiezan a mirar con preocupación el futuro laboral son justamente muchos programadores. Y mientras ellos observan cómo la inteligencia artificial escribe código cada vez mejor, los filósofos reciben llamadas de reclutadores.

Sí, filósofos.

Los datos del Banco de la Reserva Federal de Nueva York muestran algo que hace diez años habría parecido un chiste: los egresados de filosofía tienen actualmente una tasa de desempleo menor que quienes estudiaron informática. El 5.1% frente al 7%.

No porque el mundo haya decidido leer a Aristóteles durante los fines de semana. Ojalá. La razón es mucho más interesante.

Las empresas que desarrollan inteligencia artificial descubrieron que construir máquinas inteligentes no consiste únicamente en escribir mejores algoritmos. También exige responder preguntas incómodas. ¿Qué significa decir la verdad? ¿Cómo debe decidir una máquina cuando todas las opciones son malas? ¿Qué es justo? ¿Qué significa realmente ayudar a una persona?

Y resulta que esas preguntas llevan dos mil quinientos años siendo el trabajo de los filósofos.

Luciano Floridi, uno de los referentes mundiales en ética digital, describe la salida de profesores universitarios hacia la industria tecnológica como una auténtica hemorragia. Los estudiantes reciben ofertas antes de graduarse. Nunca imaginó Platón que la Academia terminaría convirtiéndose en cantera para Silicon Valley.

Sócrates entra al laboratorio

Gran parte de la inspiración proviene de un viejo conocido: Sócrates.

Su famoso método consistía en preguntar, volver a preguntar y seguir preguntando hasta encontrar contradicciones o descubrir que uno realmente no sabía tanto como creía.

Curiosamente, eso es justo lo que hoy necesitan muchos modelos de inteligencia artificial.

Durante meses vimos asistentes digitales demasiado complacientes, capaces de confirmar cualquier ocurrencia del usuario con una seguridad alarmante. Era el equivalente tecnológico de ese amigo que siempre dice: "Sí, claro, tienes razón", aunque uno acabe de afirmar que Napoleón descubrió América.

Incorporar el método socrático cambia esa dinámica. La IA deja de obsesionarse por agradar y empieza a preocuparse por entender.

Más importante todavía es la llamada "ignorancia socrática": reconocer los propios límites. Sócrates sostenía que su mayor sabiduría consistía precisamente en saber cuánto ignoraba.

No parece mala filosofía para una tecnología que a veces inventa respuestas con una confianza digna de un político en campaña.

La moral también necesita código

Pero la filosofía no solo ayuda a que la IA piense mejor. También ayuda a decidir mejor.

Aquí aparecen dos viejos rivales intelectuales.

Por un lado está Kant, con su idea de que existen principios que simplemente no deben romperse. No mentir. No manipular. No usar a las personas únicamente como medios para alcanzar un objetivo.

Este enfoque, conocido como deontología, inspira buena parte de las llamadas "constituciones" que utilizan empresas como Anthropic para entrenar a Claude. Son documentos que funcionan como una brújula moral para el modelo antes incluso de que empiece a conversar.

La ventaja es evidente: sistemas más consistentes, más honestos y menos propensos a engañar.

Del otro lado aparece el consecuencialismo, que propone evaluar las decisiones según sus resultados. Si una acción genera un beneficio mayor que el daño que provoca, puede ser moralmente justificable.

OpenAI y Google incorporan este tipo de razonamiento en buena parte de sus modelos. También es el enfoque que utilizan vehículos autónomos cuando deben resolver situaciones imposibles: ¿cómo minimizar el daño cuando un accidente ya no puede evitarse?

Es el viejo dilema del tranvía... pero ahora sentado detrás del volante.

La pregunta incómoda

Y aquí es donde todo se vuelve realmente interesante.

Porque, al final, la discusión ya no es tecnológica.

Es profundamente humana.

¿Debe una máquina proteger primero a un niño o a un anciano? ¿Debe privilegiar la libertad individual sobre el bienestar colectivo? ¿Hasta dónde puede mentir para evitar un daño mayor?

No existe una línea de código capaz de responder esas preguntas sin que antes alguien tome una postura filosófica.

Cada algoritmo termina reflejando una idea sobre cómo debería funcionar el mundo.

Aunque no lo diga explícitamente.

El regreso de los humanistas

Durante años repetimos que el futuro pertenecería únicamente a quienes dominaran la tecnología.

Quizá el verdadero aprendizaje sea otro.

La inteligencia artificial está demostrando que saber construir máquinas es extraordinariamente importante. Pero saber hacer buenas preguntas puede ser todavía más valioso.

Porque el problema nunca fue enseñar a las computadoras a pensar.

El verdadero desafío consiste en enseñarles cómo deberían pensar.

Y esa, para fortuna de los filósofos y para sorpresa de muchos ingenieros, sigue siendo una conversación que comenzó mucho antes de que existiera el primer computador.

Sócrates probablemente sonreiría.

Después de todo, siempre sospechó que las preguntas importantes sobrevivían a cualquier revolución tecnológica.

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